Chick Corea

La verdad es que el concierto fue hace tres semanas, más o menos. Pero hasta ahora no he dispuesto de las fotografías.
¿Por qué me gusta Chick Corea? Por que aparte de ser un genio y tocar el piano como un auténtico monstruo, se nota que disfruta los conciertos. Y sabe meterse al público en el bolsillo con su campechaneidad (no se si existe este adverbio, la verdad) y buen hacer. Y por intentar comunicarse con el público con el añadido de la barrera idiomátia. Y lo consigue.
Esta era la segunda vez que le veía en directo y he de confesar que el primer concierto que vi de Chick fue un poco ladrillo por llamarlo de una manera cariñosa. Venía solo, acompañado unicamente de su piano y de su mujer que aparecía en algún que otro tema. Y dos horas escuchando Jazz puro, con desarrollos y arreglos largos y complicados si no está acostumbrado al jazz puede resultar soporifero. Por muy virtuoso que sea, que lo es.
En este caso no venía solo, le acompañaban unos Hippies melenudos desfasados. Un tal Jorge Pardo a los metales, Carlos Benavent al bajo -un tipo con un extraordinario parecido al pianista de parada-, Rubén Dantas a la percusión, una bailarina flamence y un bateria de los que desconozco su nombre.
Y bueno, que se puede esperar de un concierto con 4 autenticos monstruos, cada cual en lo suyo. Pues que te sientas a disfrutarlo y mires para donde mires alucinas. Si miras a Chick, ves a un hombre bonachon y entrañable de simpatica sonrisa tocando como un puto alienigena. Si miras a otro lado ves al pianista de parada tocando un bajo y haciendo que el jodido instrumento suene como una guitarra española -literalmente- y si miras a otro ves a Jorge tocando la flauta y llevándose la verdadera atención del concierto.
Te relajas, cierras los ojos y te dejas envolver por la musica, viajas con ella, y al volver a abrir los ojos les vuelves a ver ahí a todos, improvisando cada cual a su aire y demostrando porque son de los mejores músicos del mundo. Aunque no necesiten demostrarlo.
Lo cierto es que una persona como yo, yonki confeso del cine, cuando va a ver un concierto de estos no puede evitar que le vengan a la cabeza escenas de películas de Woody Allen, por ejempo, en las que se ve a una banda tocando en directo en un bar. Y luego piensa, que sería maravilloso acabar de marcha con la banda, que sería el broche perfecto para cerrrar una noche mágica.
Pero lo mejor de todo es cuando despues del concierto decides ir a echárte una cervecilla y fumarte algo bien liado escuchando jazz en el único pub del estilo de la ciudad y ahí te encuentras con la banda, o casi toda. Todos los que hablaban en castellano estaban allí. La bailaora que bailó en algunos temas- Spain, por ejemplo-, al rasta de la percusión, al flautista de Hamelim, y a mi favorito, el bajista hippy.
Realmente sabes que esa noche la vas a recordar de por vida, por eso sabes que tienes que intentar recordar cada pequeño detalle.
Entre los parroquianos del bar había varios músicos -como no-, que logicamente acabaron hablando con los artistas, y con un par salieron a tocar delante de ellos, delante de los alienigenas aquellos.
Ver a amigos tocando delante de Carlos Benavent es una experiencia… curiosa, extraña, sientes orgullo y piensas: “Ahí está, con dos cojones”
La pena es que sólo aguantaron un tema, al segundo se marcharon -muy mal, muy muy mal- y mis amigos se quedaron tocando solos.
Al final acabamos la noche bastante abollados, pero fue divertido.



